En Cuautla, la vida vale un celular

En Cuautla, la vida vale un celular

 

Marcos H. Valerio

 

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La versión de las autoridades de Morelos, se construye con comunicados fríos y palabras medidas: protocolos, un “asalto genérico”, un despliegue de seguridad que nunca se vio. Pero las palabras de Lara, la hermana de Claudia Tacoronte, rompen esa fachada y devuelven el caso a lo concreto.

 

Claudia, estudiante de Educación Infantil de la Universidad de Granada originaria de Gran Canaria, llevaba apenas tres semanas de intercambio en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos cuando la atacaron la noche del 12 de septiembre cerca de la Casa de la Cultura de Cuautla.

 

Según el relato de su hermana, un hombre intentó robarle el celular, ella corrió pidiendo auxilio y él la persiguió hasta herirla de muerte en el vientre, una y otra vez, “sin ningún motivo”.

 

Lara, hermanad de la víctima dice: “¿Qué necesidad tienes de apuñalar a alguien porque te da la gana? Sin ningún motivo”. “Vivimos en una sociedad enferma y vacía”.

 

El contraste es brutal. Claudia cruzó el Atlántico persiguiendo un futuro académico. Hoy regresa en un ataúd. Mientras tanto, el presunto agresor sigue libre, según denuncia la familia, “viviendo la vida y con un móvil nuevo”.

 

La respuesta institucional, dice Lara, no es solo incompetencia: es indiferencia. Asegura que a sus padres y a ella nadie les ha llamado más allá de gestiones de papeleo y asuntos legales.

 

“Eso de que están apoyando a la familia es mentira”. Y cuestiona directamente a la Universidad de Granada por mantener el convenio de intercambio pese a la violencia que ya se respiraba en Morelos.

 

En la misma universidad, los nombres de Kimberly, Karol y otras estudiantes asesinadas en meses recientes se han convertido en un paisaje demasiado habitual. Las autoridades administran el luto; evitarlo parece otra historia.

 

Las palabras de una hermana desmienten la simulación de orden. Mientras el poder habla de investigación con perspectiva de género y de llegar “hasta el final”, la realidad que Lara pone sobre la mesa es más simple y más dura: en esta tierra, la vida de una mujer puede valer menos que el aparato con el que hoy su verdugo revisa el rastro de su propia impunidad.

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