Cuba resiste, pese a 20 horas de oscuridad diaria

Cuba resiste, pese a 20 horas de oscuridad diaria

 

Marcos H. Valerio

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El atardecer llega temprano en Cuba, no por el sol, sino por la certeza de que la luz se irá. En las calles de Centro Habana, el ruido de generadores viejos y el llanto de un niño con hambre rompen el silencio que se instala cada tarde. Son apagones de hasta 20 horas diarias, un colapso energético que deja al 60-64 por ciento del país a oscuras simultáneamente.

La Unión Eléctrica reporta déficits de casi 2.000 MW en horas pico: Sin fuel oil, las termoeléctricas se detienen una tras otra. Sin petróleo venezolano —cortado tras la intervención que derrocó a Nicolás Maduro— y con amenazas de aranceles estadounidenses a cualquier barco que traiga combustible, la isla enfrenta su crisis más profunda en décadas, peor incluso que el Período Especial de los años 90.

El Malecón está desierto. Los edificios coloniales se desmoronan lentamente, como si el tiempo hubiera decidido rendirse. En las casas, las familias cocinan con leña recogida en parques o con carbón improvisado. De igual forma, el agua potable falla por falta de bombeo; las tuberías se secan y el saneamiento colapsa.

Las bodegas estatales, con su libreta de racionamiento de 1963, son hoy un recordatorio cruel de la nada: “No hay nada, no hay nada”, repiten los vecinos frente a estantes vacíos de arroz, frijoles o aceite. Un salario promedio de dos mil 500 pesos cubanos —equivalentes a unos 85 pesos mexicanos— se evapora ante una inflación que devora todo.

En las farmacias de la capital solo quedan shampoos y antipiojos. “Para el dolor de cabeza no hay nada”, responden los dependientes con resignación. Hospitales operan a media máquina por falta de combustible e insumos; la ONU ha advertido de un riesgo inminente de colapso humanitario.

En provincias como Santiago o Holguín la oscuridad dura más de 20 horas: fábricas paradas, transporte público colapsado, bicitaxis y mototaxis a precios inalcanzables para la mayoría.

El descontento se filtra en murmullos cautelosos. “Queremos luz, comida, agua”, dice una madre en Arroyo Naranjo mientras mece a su hijo. Algunos son más directos: “Esto no sirve para nada”, susurra una mujer diabética que perdió su dieta especial.

Pero en la penumbra persiste la resistencia callada. En la basílica de la Virgen de la Caridad del Cobre, fieles oran con velas improvisadas: “Salud para mis hijos, que la vida cambie, que Cuba cambie”.

Cuba no son solo cifras de megavatios perdidos o bodegas vacías; es un pueblo exhausto, pero no rendido, atrapado entre el hambre como control y el miedo al silencio. Mientras el modelo parece incapaz de respirar, la isla se apaga cada tarde. Pero su gente no.

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