
Heridas invisibles desde el espacio digital

Marcos H. Valerio
El teléfono vibra con una notificación tras otra. Un mensaje anónimo con insultos por la apariencia, una foto íntima compartida sin consentimiento, amenazas de exponer información personal. Lo que parece un simple acto en pantalla se convierte en un golpe que se siente en el estómago, en el pecho, en la cabeza.
La violencia digital no es abstracta ni lejana: Es material, atraviesa el cuerpo de las mujeres y deja secuelas profundas, tal como lo explica la profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y de la Universidad Pedagógica Nacional, Luz María Garay Cruz.
“Más allá de definirla o tipificarla, lo importante es comprender que se trata de algo real para entender su impacto. Lo digital permite una reproducción y viralidad de los ataques y esto tiene consecuencias en el cuerpo”, afirma la académica, quien ha dedicado años a investigar y trabajar en proyectos de prevención de violencia digital, particularmente entre universitarias.
Los datos del Módulo sobre Ciberacoso (MOCIBA) 2024 del INEGI confirman la dimensión del problema: de las 90.3 millones de personas que usaron internet en México (de 12 años o más), 18.9 millones sufrieron alguna forma de acoso cibernético en los últimos 12 meses.
De ellas, 10.6 millones fueron mujeres, lo que representa el 22.2 por ciento de las usuarias, frente al 19.6 por ciento de los hombres. Las formas más frecuentes incluyen contacto mediante identidades falsas (36 por ciento), mensajes ofensivos (34 por ciento) y llamadas ofensivas (22.6 por ciento).
Pero el patrón de género es claro y alarmante. Las mujeres reportan con mayor frecuencia insinuaciones o propuestas sexuales no deseadas, amenazas de difusión de información personal, audios o videos para extorsionar, rastreo de cuentas, provocaciones intencionales y publicación o venta de imágenes de contenido sexual.
En contraste, los hombres enfrentan más mensajes ofensivos o amenazas generales. El anonimato en redes ha potenciado prácticas como el “grooming”: hombres adultos que se hacen pasar por jóvenes para acercarse a niñas y adolescentes, obtener fotos íntimas y luego extorsionarlas con amenazas de exposición familiar o escolar.
Garay Cruz recuerda casos documentados en periodismo de investigación, como los relatados en el libro “La fosa de agua” de Lydiette Carrión, donde engaños en línea derivaron en desapariciones de adolescentes.
“Es un tema multifactorial. Entre los 12 y 16 años no siempre hay información sobre seguridad digital o autocuidado, y cuando ocurre, muchas no lo dicen por pena, miedo o culpa”, señala.
Las consecuencias van más allá de lo emocional. Víctimas relatan náuseas, dolores de cabeza intensos, ataques de ansiedad, depresión profunda. Algunas cambian de domicilio, de turno escolar; en casos extremos —sobre todo entre jóvenes y adolescentes— han atentado contra su vida. “Al hablar de sus vivencias, muchas jóvenes me contaban que nadie les creía: ‘no es real, no te pegó, no te tocó’”, relata la profesora. Esta desestimación agrava el daño, al invisibilizar el sufrimiento.
Frente a esta realidad, la reapropiación del espacio digital exige cuidados concretos y habilidades en tres niveles: instrumental (usar la tecnología con ventaja), cognitiva-crítica (identificar sesgos de género, discursos de odio y violencias) y comunicativa (producir contenidos propios con responsabilidad).
Recomendaciones prácticas
– Crear contraseñas fuertes y únicas (por ejemplo: AQu3l.v3raNo), combinando mayúsculas, minúsculas, números y símbolos.
– Rechazar cookies innecesarias en sitios web y revisar permisos.
– Optar por plataformas con cifrado o perfiles privados.
– Conocer y aplicar las normas comunitarias de cada red, bloquear rastreadores y reportar agresiones.
“Cada una de nosotras tiene derecho a colocar nuestros mensajes, ideas y participar en el espacio digital. Por eso necesitamos tomarnos muy en serio su reapropiación”, concluye la académica.
