Amistades: Ancla que nos salva en los momentos difíciles

Marcos H. Valerio
En medio del ruido diario, las notificaciones constantes y la presión por rendir, hay algo que no pasa de moda ni se reemplaza con facilidad: Un buen amigo.
A ello, el académico de la Facultad de Psicología de la UNAM, Rolando Díaz Loving, lo dice sin rodeos: “La amistad no es un lujo afectivo; es una necesidad profunda del ser humano”.
Desde la perspectiva evolutiva, explica el especialista, los humanos no sobrevivimos por ser los más rápidos ni los más fuertes, sino porque aprendimos a vivir en grupo, a cuidarnos y a apoyarnos mutuamente.
“Las amistades funcionan como una red de seguridad emocional. Son las que nos escuchan cuando todo sale mal, nos motivan a seguir estudiando aunque estemos agotados y nos recuerdan que no estamos solos”, comenta.
Estudios de largo plazo, añade Díaz Loving, muestran que lo que mejor predice un bienestar duradero no son los títulos universitarios, el dinero o el éxito profesional, sino la calidad de las relaciones que construimos y mantenemos a lo largo de la vida. “Una amistad sólida actúa como ancla: regula las emociones, da sentido de pertenencia y ayuda a enfrentar fracasos, rechazos o crisis sin derrumbarse”.
En México y en muchas culturas latinoamericanas, la identidad personal no se entiende solo desde el “yo”, sino desde el “nosotros”: familia, amigos, barrio, comunidad. “Cuando estas redes se rompen o se debilitan, el impacto es profundo: se afecta la autoestima, la motivación y hasta la estabilidad emocional”, advierte el investigador.
La soledad, por el contrario, no es solo un mal rato pasajero. El informe más reciente de la Comisión de la Organización Mundial de la Salud sobre Conexión Social lo confirma: la falta de vínculos cercanos aumenta el riesgo de enfermedades, depresión, ansiedad y muerte prematura.
En etapas críticas como el bachillerato o la universidad, el aislamiento puede traducirse directamente en bajas calificaciones, deserción escolar o abandono de proyectos personales.
Biología y psicología van de la mano: convivir con amigos libera oxitocina, serotonina y dopamina (sustancias que generan calma, placer y bienestar), mientras reduce el cortisol, la hormona del estrés.
Un abrazo, una palmada en la espalda o simplemente pasar tiempo juntos fortalecen el sistema inmunológico y aceleran la recuperación física y emocional.
Sin embargo, no todas las amistades son igual de sanas. Las que se basan solo en la diversión momentánea o en la euforia pueden generar altibajos emocionales. Las verdaderamente valiosas, construidas con tiempo, reciprocidad, respeto y compromiso, aportan estabilidad a largo plazo.
Hoy, las redes digitales facilitan el contacto, pero también pueden crear vínculos superficiales: likes, mensajes rápidos y respuestas instantáneas que no siempre se traducen en apoyo real. “El reto es no sustituir el abrazo por un emoji, ni el tiempo compartido por una historia en Instagram. Las amistades profundas requieren presencia física, escucha activa y cuidado mutuo”, señala Díaz Loving.
En la escuela y la universidad, las amistades nacen de experiencias compartidas: clases eternas, proyectos nocturnos, derrotas en exámenes, celebraciones por aprobar. Aunque en el momento parezcan pasajeras, con los años se convierten en una red que acompaña en distintas etapas de la vida: mudanzas, rupturas, enfermedades, éxitos y fracasos.
El académico concluye con un llamado claro: Construir amistades sanas requiere tiempo, atención y conciencia. Como una planta, necesitan riego constante: reciprocidad, límites claros y respeto.
En un contexto donde la ansiedad y la depresión crecen entre las juventudes, los amigos siguen siendo uno de los factores protectores más potentes. No solo ayudan a pasar la materia o a terminar la carrera; sostienen la vida misma.
