
¡Dos almas que se prestan para el dolor y la redención!

Marcos H. Valerio
En el corazón del Viacrucis viviente de Santa Ana, Campeche, una abuela y un maestro se convierten en María y Jesús: fe que llora, carne que sangra y un pueblo que revive la Pasión.
En la parroquia de Santa Ana, donde la tradición del Viacrucis más antiguo y emotivo de Campeche cobra vida cada Semana Santa, dos personas comunes se transforman en los protagonistas más sagrados del drama cristiano.
Lady Yolanda: “Tengo el don de las lágrimas”
Con los ojos siempre húmedos y la voz quebrada por la emoción, Lady Yolanda Rubio, de 58 años, se prepara para encarnar a la Virgen María en el Viacrucis viviente. Madre de tres hijos, esposa dedicada y abuela de un nietecito con autismo, esta humilde ministra de la comunión vive entre la oración matutina, el cuidado del hogar y el servicio a los enfermos.
“Fue un honor inmenso. Me llenó de alegría… me dieron ganas de llorar”, confiesa con la voz temblorosa. Para ella, representar a María no es actuar: es prestar su humanidad para que la Madre de Dios vuelva a caminar entre nosotros. “Quiero transmitir su humildad, su amor inmenso, su dolor al ver a su Hijo maltratado.”
Lady Yolanda tiene “el don de las lágrimas”. En los ensayos, especialmente en la estación donde limpia el rostro de Jesús agonizante, las lágrimas brotan sin control. “Es algo que se siente en el corazón”, dice. Su preparación es sencilla pero profunda: oración constante, descanso temprano y una fe que le ayuda a sobrellevar el dolor de su nieto con autismo. “Los planes de Dios son perfectos. Esto me lo mandaste tú”, reflexiona.
Su mensaje para quienes asistan al Viacrucis es claro: “Que vean el valor inmenso de María. Lo que nos pasa en la vida duele, pero no es como lo que sufrió ella. Todo tiene solución si lo confiamos a Dios.”
Francisco Javier: “piel de hombre, alma de Dios”
Mientras tanto, Francisco Javier Ávila Cahuich, de 45 años, maestro de primaria con 20 años de servicio en la escuela “Adolfo Ruiz Cortines”, se entrena para cargar la cruz como Jesús. Padre de tres hijos (de 19, 14 y 13 años), ministro de la parroquia que visita enfermos y ancianos llevando la Eucaristía, este hombre de familia ha cambiado su rutina por ayuno, ejercicio físico y confesiones más frecuentes.
“Los tiempos de Dios son perfectos”, afirma. Empezó como apóstol hace nueve años y ahora aceptó el compromiso más grande. Su preparación es integral: corre para fortalecer el cuerpo y comulga lo más posible para fortalecer el alma. “No es solo cargar la cruz, que pesa… es el Espíritu Santo el que nos mueve.”
La estación que más le conmueve es la duodécima, cuando Jesús muere en la cruz. En los ensayos, el llanto auténtico de la Verónica ya lo ha quebrado emocionalmente. “Uno no puede evitar sentir eso”, reconoce.
Francisco Javier deja claro que el Viacrucis no es un espectáculo: “Es un acto de piedad para la transformación. Nadie nos paga; cada quien se costea su traje. A los que no creen, los invito a venir. Que vean que para llegar a la resurrección hay que pasar por el viernes del dolor.”
Dos testimonios vivos de fe
Lady Yolanda y Francisco Javier no son actores profesionales. Son una abuela que toca el órgano y canta a María en sus ratos libres, y un maestro que juega fútbol con sus hijos. Ambos han decidido, con humildad y entrega total, prestar su cuerpo y su alma para que, una vez más en las calles del barrio de Santa Ana, María acompañe a su Hijo hasta la cruz.
En unos días, cuando el sol de Campeche caiga sobre el Viacrucis viviente, no solo se representará la Pasión: se vivirá a través de dos corazones sencillos que, con lágrimas y sudor, recuerdan al pueblo que la fe verdadera no se representa… se encarna.
Que este Viernes Santo, sus ejemplos nos inviten a todos a caminar con mayor entrega el propio viacrucis de la vida.
