¡Cuando la muerte se enamora del arte!

¡Cuando la muerte se enamora del arte!

Marcos H. Valerio

 

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La muerte está ahí, frente a nosotros. No grita, no amenaza; simplemente observa. En ocasiones sonríe desde una calavera, se disfraza de recuerdo o aparece abrazada al amor. En el universo de Eduardo Robledo Romero, la muerte deja de ser una figura temida para convertirse en una presencia familiar, casi entrañable, que acompaña silenciosamente el paso de los días.

 

Así transcurre “Muerte, Amor y Otros Demonios…”, una propuesta artística que invita al espectador a caminar por los territorios de lo humano: el amor, el deseo, la pérdida, los miedos, las contradicciones y esos demonios personales que todos llevamos dentro.

 

En entrevista, Robledo Romero, habla de su obra sin solemnidad. Lo hace como quien abre lentamente una puerta y permite que el visitante descubra por sí mismo lo que hay detrás. Para él, representar la muerte no significa hablar exclusivamente del final de la existencia. Al contrario: significa hablar de la vida.

 

La tradición mexicana aparece como una de las grandes raíces de esta mirada. Esa relación particular que México mantiene con la muerte —entre el respeto, la ironía, el color, la fiesta y la memoria— atraviesa su propuesta. La muerte puede estar sentada a la mesa, caminar entre los vivos o convertirse en un personaje cotidiano.

 

“La muerte siempre nos acompaña”, parece decir la exposición, y esa idea transforma por completo la manera de mirar las piezas, afirmó el artista oriundo de Xochimilco.

 

Pero hay algo más. En este universo, la muerte comparte escenario con el amor.

 

Y ahí aparece una de las mayores provocaciones de Robledo Romero,: ambos conceptos, aparentemente opuestos, terminan encontrándose. El amor desafía al tiempo, intenta vencer el olvido y busca permanecer incluso cuando el cuerpo desaparece.

 

El artista lleva esa reflexión hacia los vínculos humanos. El afecto, el deseo y la necesidad de permanecer en la memoria se convierten en materia de creación. Amar, de alguna manera, también significa enfrentarse a la posibilidad de perder.

 

Demonios que todos llevamos dentro

 

La conversación con Eduardo Robledo Romero, inevitablemente conduce hacia esos otros protagonistas de su obra: los demonios.

 

No son necesariamente monstruos. Son miedos, obsesiones, dudas, deseos, recuerdos y contradicciones. Son aquellas partes de nosotros mismos que pocas veces mostramos, pero que terminan apareciendo cuando estamos solos frente a un espejo.

 

Por eso, recorrer Muerte, Amor y Otros Demonios… no es solamente observar una colección de imágenes. Es, en cierto modo, reconocerse.

 

Robledo Romero, utiliza distintos recursos y lenguajes para construir ese territorio: la gráfica, la pintura y la escultura se entrelazan para crear una atmósfera donde lo fantástico convive con lo cotidiano.

 

Hay belleza, pero también inquietud.

 

Hay humor, pero también preguntas.

 

Hay muerte, pero sobre todo hay vida.

 

Y quizá ahí radica la fuerza de la propuesta: en obligar al espectador a detenerse y preguntarse qué relación tiene con sus propios miedos, con sus afectos y con la inevitable certeza de que algún día tendrá que enfrentarse a su propia finitud.

Arte como espejo

Eduardo Robledo Romero, no parece interesado en ofrecer respuestas definitivas. Prefiere provocar preguntas.

 

Su obra funciona como un espejo que devuelve al visitante una imagen distinta de sí mismo. Cada pieza puede despertar una memoria, una emoción o incluso una incomodidad.

 

Porque los demonios cambian de nombre, pero todos tenemos alguno.

 

Y mientras el espectador avanza entre las piezas, la muerte deja de parecer distante. Se vuelve cercana. El amor aparece como una posibilidad de trascendencia y los demonios como parte inevitable de nuestra condición humana.

 

Al final, Muerte, Amor y Otros Demonios… no habla únicamente de morir.

 

Habla de cómo queremos vivir, cómo queremos amar y qué estamos dispuestos a dejar cuando ya no estemos.

 

Esa es quizá la mayor apuesta de Robledo Romero: utilizar el arte para recordarnos que la muerte puede ser inevitable, pero también que mientras llega, hay que seguir creando, amando, cuestionando y viviendo.

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