“Cuando sostienen la bandera, levantan el alma entera de la patria”

“Cuando sostienen la bandera, levantan el alma entera de la patria”

Marcos H. Valerio

 

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Bajo un cielo claro que parecía rendir homenaje al tricolor, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo presidió la ceremonia del Día de la Bandera en el Campo Deportivo Militar Marte. No fue solo un acto protocolario: fue un encuentro íntimo entre la historia, el presente y las nuevas generaciones, donde la mandataria habló con la voz quebrada por la emoción y el orgullo de quien sabe que porta un símbolo que ha sobrevivido invasiones, traiciones y revoluciones.

Frente a filas impecables de las Fuerzas Armadas, autoridades civiles y, sobre todo, cientos de niñas, niños y jóvenes con los ojos brillantes de expectativa, Sheinbaum dejó de lado el tono formal para dirigirse directamente a ellos. “Cuando sus manos sostienen nuestra bandera, no están levantando sólo un símbolo —dijo, pausando para que las palabras calaran hondo—: están levantando el corazón entero de la patria”.

En ese instante, el viento agitó ligeramente las banderas y el silencio se hizo más profundo. La presidenta continuó: el águila del escudo, devorando la serpiente sobre el nopal, representa “el espíritu indomable mexicano”. Es el mismo espíritu que permitió a los Niños Héroes en Chapultepec preferir la muerte antes que ver el lábaro caer; el que llevó a Juárez a recuperar la capital y destrozar simbólicamente la corona imperial; el que impulsó a los revolucionarios y, hoy, sostiene la lucha por la justicia y la soberanía.

Con la mirada fija en los rostros infantiles y juveniles que llenaban el campo, Sheinbaum enfatizó la unidad como pilar irrenunciable: “Somos uno solo: gobierno, Fuerzas Armadas y pueblo. No traicionamos ni a nuestro pueblo, ni a nuestra patria, ni a nuestra bandera”. Las palabras resonaron como un juramento colectivo.

Luego vino el momento más contundente, pronunciado con firmeza y sin titubeos: “Con la Cuarta Transformación, a México se le respeta; no somos colonia ni protectorado de ningún

país”. La bandera, agregó, es también emblema de los migrantes que cruzan fronteras con el tricolor en el corazón, de las luchas por la igualdad y de la defensa de la independencia en todos sus sentidos.

El discurso no fue solo retrospectivo. Sheinbaum invitó a los presentes —y por extensión a todo México— a mirar al futuro con el lábaro al frente: “Alcemos la mirada como faro y como promesa, porque no somos un pueblo que olvida, somos un pueblo que recuerda y que siempre avanza hacia el porvenir. Somos historia que inspira, fuerza que une, esperanza que florece”.

Al finalizar, el izamiento de la bandera al son del Himno Nacional provocó un nudo en muchas gargantas. Niñas y niños, con las manos pequeñas sobre el pecho, entonaron las estrofas con una seriedad que contrastaba con su edad. En sus ojos se reflejaba lo que Sheinbaum había invocado: orgullo profundo, no por mandato, sino por convicción.

Hoy, en Campo Marte, la bandera mexicana ondeó no solo como recuerdo de batallas pasadas, sino como promesa viva en las manos de quienes la heredarán. Y en el centro de esa promesa estuvo una presidenta que, por un momento, dejó de ser jefa de Estado para convertirse en la voz de una nación que se reconoce en sus colores: verde de esperanza inextinguible, blanco de unidad fraterna y rojo de sangre derramada por la dignidad.

 

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