El trazo limpio del pintor Enrique Guzmán llega al Museo del Estanquillo 

La exposición abrirá sus puertas el próximo 14 de febrero en la sala 3 del recinto; muestra que inaugura los festejos por el vigésimo aniversario del Museo del Estanquillo, fundado en noviembre de 2006

 

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La Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de México, a través del Museo del Estanquillo Colecciones Carlos Monsiváis, presentan la exposición El virtuosismo técnico de Enrique Guzmán. En colaboración con el promotor cultural y galerista, Armando Colina, en la sala 3 del Museo se exhibirán dieciséis dibujos de la serie “Autorretratos”, así como dos óleos de la autoría del artista, precursor del movimiento neomexicanista.

El “nuevo mexicanismo” fue un movimiento artístico y cultural que apostó por una revalorización de la identidad nacional y sus tradiciones a través de un arte disruptivo. Surgido en la década de los ochenta –durante un clima de incertidumbre socioeconómica y política en el país–, el neomexicanismo, como también se le conoce, se apropió de diversos elementos de la iconografía histórica de México para crear obras de arte desafiantes. En el contexto de esta crisis, muchos artistas jóvenes buscaron una fuente de inspiración y resistencia, entre ellos, el pintor tapatío Enrique Guzmán (1952-1986).

Considerado como un pionero de dicho movimiento, el arte de Guzmán respondió a una postura antioficialista, la cual manifestó a través de la descontextualización de los símbolos nacionales en un afán por resignificarlos. Sin embargo, la obra de Guzmán destaca también por su habilidad para retratar lo irracional y el absurdo, reflejo de las inquietudes que acongojaban a los jóvenes de su generación.

Por medio de representaciones que buscaban provocar en el espectador diferentes sensaciones, Guzmán se valió de una estética de lo grotesco y lo dramático para crear un arte ecléctico, donde la importancia residió –precisamente– en la simbología retratada. Fue así como, en 1976, inspirado por una publicación francesa del siglo XIX (La Science Amusante. Cent Nouvelles Experiences), realizó una serie de dibujos a lápiz sobre papel que fueron concebidos como un ejercicio de autorrepresentación simbólica.

En catorce de estos dibujos aparece su mano izquierda, a veces con los dedos extendidos o flexionados, casi siempre sosteniendo objetos que remiten a un repertorio iconográfico propio: una hoja de papel; un frasco de vidrio sin tapa; una canica; una moneda; una cuchilla de afeitar; un limón partido y una masa biomorfa difícil de identificar.

De acuerdo con el historiador, Uriel Vides Bautista, aunque las obras no son “autorretratos” en el sentido estricto del término –pues, en lugar del rostro del artista, domina el gesto expresivo de la mano colocada en distintas posiciones–, éstas formaron parte de una estrategia deliberada de distanciamiento con respecto a los cánones tradicionales de la autorretratística, es decir: aquellos que asignan al rostro el monopolio de la identidad.

Los dibujos de 1976 profundizan en esa ruptura, no solo por el protagonismo de un fragmento corporal, sino por la dimensión semántica abierta de los objetos representados. Así, estos elementos proponen múltiples interpretaciones, sin que exista una clave segura para su decodificación (su posible carga biográfica no puede establecerse con certeza ante la ausencia de testimonios dejados por el pintor).


El virtuosismo técnico de Guzmán, visible en la seguridad de la línea, la construcción del volumen, el manejo de la escala y la precisión anatómica puesta en cada mano, dedo, uña, vena o vello, se combina con un planteamiento conceptual que sitúa al cuerpo y sus fragmentos como portadores simbólicos de la identidad individual.

Como bien señaló Carlos Monsiváis… “en los [cuadros] de Guzmán los sucesos extraños, si se descifran, pierden razón de ser” … “son metáforas del extenso poema que sólo él conoció y trazó con detalle”. Considerado uno de los artistas más sui géneris de su tiempo, si algo queda de manifiesto en esta muestra es lo dicho por el escritor mexicano sobre su vida y obra: “Nada pareció unirlo a la realidad, pero él enriqueció la realidad artística y el entendimiento emotivo de lo indescifrable”.

Bajo la curaduría de Luis Blanco, El virtuosísmo técnico de Enrique Guzmán abrirá sus puertas el próximo 14 de febrero en la sala 3 del recinto, muestra que inaugura los festejos por el vigésimo aniversario del Museo del Estanquillo, fundado en noviembre de 2026.

 

Semblanza del artista (por Carlos Monsiváis):

Enrique Guzmán Villagómez nace en Guadalajara, Jalisco, el 20 de septiembre de 1952. De allí se desplaza a Aguascalientes, la ciudad del origen de la familia. Estudia teatro en la Casa de la Cultura y, más bien, se inicia en la escenografía, lo que muy pronto lo lleva al Centro de Artes Visuales de la misma Casa. En 1969 se instala en la Ciudad de México, donde es alumno irregular de la Escuela Nacional de Pintura y Escultura, La Esmeralda. Lo usual en los artistas jóvenes: Guzmán participa en exposiciones colectivas, vende poquísimo y lleva una «vida bohemia» (se inicia en el consumo de drogas, manifiesta su homosexualidad). Comienzan los reconocimientos: premios en 1972 y 1973, exposiciones en la Galería Pintura Joven que dirige Francisco de Hoyos (1973 y 1974). La obra se difunde y en noviembre de 1976 la Galería Arvil, de Armando Colina y Víctor Acuña, inaugura su nuevo local con una exposición de Guzmán (recuerdo esa noche: encuentro a Enrique en la calle Hamburgo a dos cuadras de la Galería Arvil, y supongo que entraremos juntos a su vernissage. Inútil: su emoción es muy profunda y se niega, alega incapacidad de ver su trabajo reunido, caminamos un rato, su nerviosismo se acentúa, y sólo arribamos a la exposición cuando se han ido casi todos. No sé bien qué es lo contrario de protagónico, pero ese término se le aplicaría, a menos que exista el protagonismo de la reticencia y la huida). En 1977 y 1978 se eligen algunos de sus cuadros para una muestra en el Museo de Arte de Colombia y para la Cuarta Trienal de Nueva Delhi.

 

En 1979, ya distanciado de su fe candorosa en el psicoanálisis y de su entrega devocional a la pintura (es curioso: alguien tan alejado de los convencionalismos del arte, creyó en su sacrosantidad), Guzmán abandona la Ciudad de México y da clases de dibujo en la Casa de la Cultura de San Luis Potosí. Expone en Arvil, pero a su trabajo ya lo afecta la ausencia de visiones o profecías o desvanecimientos de la lógica pictórica al uso. A momentos es muy previsible, y, con tal de no plagiarse, se aventura en caminos cerrados. En 1980 regresa a Aguascalientes a la casa familiar, y allí se instala en definitiva en 1983. El final ocurre el 8 de mayo de 1988 cuando se ahorca en su cuarto. El diagnóstico inevitable: perturbación mental. Y el fenómeno se produce: la obra crece y supera en definitiva a la leyenda.

 

 

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