
Celular, hackea tu cerebro

Cada vez es más frecuente pasar la mayor parte del día frente a la pantalla de un celular, tableta o computadora. Sea para trabajar, estudiar, informarnos, comprar, entretenernos o descansar, estos dispositivos se han convertido en una herramienta indispensable. Pero al mismo tiempo, la cantidad de estímulos a los que nos exponemos crece sin control.
Una notificación, un mensaje, un video, una fotografía, una publicación o el siguiente contenido que aparece en la pantalla pueden captar nuestra atención en segundos. Cuando termina uno, de inmediato surge otro. Sin darnos cuenta, en minutos estamos atrapados en el llamado “scroll infinito”: una secuencia sin fin que nos permite saltar de estímulo en estímulo sin detenernos nunca.
Pero ¿qué le ocurre al cerebro cuando vive rodeado de esta velocidad constante? Según Víctor Manuel Rodríguez Molina, profesor de la Facultad de Medicina de la UNAM y especialista en neurofisiología, el cerebro necesita condiciones específicas para funcionar de manera óptima: buena alimentación, descanso, sueño… y un ambiente que no lo sature.
Ese entorno ya no se limita a lo físico. Desde hace décadas la tecnología se infiltró en nuestra vida y trajo consigo una oleada permanente de información y estímulos. El problema, advierte el experto, es que nuestro cerebro no está diseñado para funcionar a la misma velocidad que las tecnologías digitales.
El ser humano, explica Rodríguez Molina, está pensado para una vida “analógica”, de pasos sucesivos. Necesitamos tiempo para procesar lo que ocurre, decidir y actuar. En cambio, las plataformas digitales exigen respuestas cada vez más rápidas. El scroll infinito es el ejemplo perfecto: en milésimas de segundo pasamos de una imagen a otra, de un video al siguiente o saltamos entre conversaciones.
No se trata solo de velocidad. También pesa el tiempo de exposición. Si durante días, semanas, meses o años acostumbramos al cerebro a recibir estímulos constantes, el daño va mucho más allá del simple cansancio. La exposición prolongada puede mermar las funciones ejecutivas, y la recuperación no se logra con solo alejarnos unas horas del dispositivo.
Aquí entra en juego la corteza prefrontal, una de las regiones más importantes para entender por qué, aunque sepamos que debemos parar, no lo hacemos. Esta zona está relacionada con la memoria, el razonamiento y el control de impulsos. “Es una de las áreas que más energía demanda para mantener la atención, concentrarnos o frenar una respuesta”, señala el especialista. Cuando estamos cansados, estresados o sometidos a una demanda constante de atención, se vuelve mucho más difícil controlar los impulsos y detenernos.
Eso explica una escena que casi todos conocemos: llegan las 11 de la noche, sabemos que debemos levantarnos temprano… y aún así tomamos el celular, revisamos un mensaje, luego una red social y, sin darnos cuenta, ya desperdiciamos una hora. A esto se le llama “la trampa de la voluntad”.
Tradicionalmente se cree que la voluntad es una capacidad individual de decidir qué hacer y qué no. Sin embargo, el neurofisiólogo plantea que no es independiente del funcionamiento cerebral: “Podemos querer hacer algo y, sin embargo, si nuestro cerebro no cuenta con las condiciones para ejecutar esa acción, nuestra capacidad se ve limitada”.
Las plataformas, por su parte, están diseñadas precisamente para mantenernos enganchados. Su objetivo de negocio es lograr que permanezcamos conectados el mayor tiempo posible. Para ello han perfeccionado colores, imágenes, notificaciones y contenidos que generan el deseo de seguir consumiendo. El diseño reduce al mínimo los momentos en los que podríamos decidir si queremos continuar. Con un solo movimiento del dedo pasamos al siguiente contenido; con un toque respondemos; con otro cambiamos de aplicación. El flujo nunca se interrumpe.
Ante esto, Rodríguez Molina propone hacer exactamente lo contrario: introducir pequeños obstáculos que nos obliguen a tomar una decisión consciente. “En lugar de dejar el celular sobre la mesa, podemos guardarlo en un cajón o, en vez de tenerlo siempre a la mano, apagarlo”.
La idea es sencilla: si para llegar al dispositivo hay que realizar una acción extra, podemos detenernos y preguntarnos si realmente es necesario consultarlo. A ese instante el especialista lo denomina “el milisegundo de oro”: no se trata literalmente de una milésima de segundo, sino de recordar que entre el impulso y la acción existe un espacio en el que podemos decidir que no es forzoso estar revisando el celular cada cinco minutos.
¿Por qué sentimos ese impulso incluso cuando el teléfono no ha sonado? Cuando la corteza prefrontal está agotada, disminuye la capacidad de frenar impulsos. Entonces entran en juego otras estructuras cerebrales relacionadas con las respuestas emocionales. Si una persona tiene el celular al lado y siente una inquietud constante por ver si hay notificaciones, es señal de que su relación con el dispositivo ya no es meramente utilitaria.
Esa dinámica puede acompañarse de alteraciones del sueño, cansancio, problemas de memoria, dificultad para encontrar palabras, cambios de humor, irritabilidad, inquietud y problemas de concentración. También puede generar menor actividad física, aumento de peso y un cansancio crónico que afecta la capacidad de pensar, decidir y controlar respuestas impulsivas.
Lo primero que suele aparecer es la alteración del sueño, que da lugar a lo que muchos describen como “neblina mental”: sensación de estar aletargados, confundidos y con dificultad para pensar con claridad. Estos síntomas, sumados al estrés y a las cargas de trabajo, pueden magnificar el problema hasta convertirlo en algo serio.
“Quienes sienten que ya no pueden separarse del celular suelen decir: ‘Ya me hackearon y no puedo separarme de determinados tipos de información’. Si llegamos a ese punto, es preciso desintoxicarnos. Las alteraciones cerebrales pueden alcanzar un grado tal que ya no basta con decir ‘el fin de semana no me conecto’. Recuperar la fisiología cerebral puede demorar hasta un mes”, advierte el especialista.
Muchas personas usan el móvil precisamente para “descansar” y se acuestan mirando la pantalla. El resultado es que aquello que creían descanso se convierte en una forma más de demanda cognitiva.

El papel de la dopamina
En el lenguaje cotidiano se ha popularizado la idea de que la dopamina es “la hormona de la felicidad”. Rodríguez Molina aclara que no debe reducirse a “algo que produce placer”. Esta sustancia también participa en circuitos de motivación y en la necesidad de repetir una acción: como dejar el celular… y volver a tomarlo.
Además, hay factores laborales que agravan la situación. ¿Cómo se desconecta alguien cuyo empleo depende del correo electrónico, las videollamadas o las plataformas digitales? ¿Cómo establecer límites cuando un mensaje del trabajo puede llegar a cualquier hora?
Ante este panorama, el especialista insiste en la necesidad de hablar del “derecho a la desconexión digital”. El problema no se resuelve exigiendo más disciplina a cada individuo. Se requieren cambios en los entornos donde usamos la tecnología.
Actividades como escribir a mano, convivir en persona, jugar, caminar, observar el entorno, hacer ejercicio o simplemente permanecer un rato sin recibir nuevos estímulos forman parte de esa experiencia “analógica” que el cerebro necesita para recuperar el equilibrio.
El scroll infinito no es solo un hábito molesto. Es una forma de sobreestimulación crónica que está remodelando, para mal, la manera en que nuestro cerebro procesa el mundo.
