
Destroza al odio que envenena al mundo

Marcos H. Valerio
“Tú no me has hecho nada, yo no te he hecho nada… ¿por qué entonces nos odiamos?”: el filósofo mexicano revela cómo el resentimiento se convirtió en el motor de la política moderna
En una conversación profunda y sin filtros, el escritor y filósofo Juan Miguel Zunzunegui analizó el origen del resentimiento social y explicó por qué este se ha transformado en uno de los combustibles más poderosos de la política contemporánea.
Zunzunegui comenzó recordando una verdad elemental: En la vida cotidiana, la regla general es que las personas no se han hecho nada unas a otras. “Tú no me has hecho nada y yo no te he hecho nada”, afirmó.
Sin embargo, en cuanto surgen diferencias de pensamiento, surge inmediatamente la inmadurez y los ataques personales. “Es que es un Zunzunegui y le pagan”, “es esbirro de la derecha”, “le lame las botas al rey de España”.
Incluso llegan a decir “me decepcionaste, te voy a dejar de seguir”. Ante esto, el filósofo fue contundente: si alguien se decepciona por sus palabras, mejor que lo deje de seguir, porque el objetivo no es enojarse, sino comprender que racionalmente no existe un solo motivo real para odiarse.
Según Zunzunegui, el socialismo moderno, la 4T, el bolivarianismo y todo tipo de colectivismo buscan que toda la sociedad piense exactamente lo mismo. Existen solo dos formas de convivencia: o todos somos idénticos (lo cual nos hace irrelevantes), o somos distintos y aprendemos a respetarnos de verdad. Rechazó la idea de “tolerancia”, a la que calificó como una patraña, porque implica que uno se cree superior y simplemente “tolera” al otro.
“Lo que necesitamos es respeto”, dijo, recordando que cada persona tiene una visión de la vida formada por su entorno, su barrio, su escuela y sus experiencias, por lo que nadie posee la razón absoluta.
El filósofo lamentó que hoy el odio se haya convertido en el verdadero motor de la política. Señaló que la izquierda, aunque ha tenido el poder en gran parte del mundo, lo está perdiendo precisamente porque su combustible principal es el resentimiento, y la gente termina cansándose de odiar. “Todo el mundo prefiere llevarse bien”, aseguró.
Zunzunegui explicó que las sociedades complejas siempre han tenido diferencias profundas: católicos y ateos, pro aborto y anti aborto, personas con visiones completamente distintas.
Antes, estos contrastes se superaban gracias a grandes macrorrelatos que unían a la sociedad, como el nacionalismo (“todos somos mexicanos”) o la religión. Estos relatos permitían afirmar que, por encima de las diferencias, existía algo común y superior que valía la pena preservar.
Hoy, en cambio, el populismo de izquierda ha optado por destruir esos macrorrelatos y sustituirlos por micro relatos de conflicto. Todo proviene de la teoría marxista del conflicto permanente. Mientras que los líderes maduros buscaban gestionar y dirimir los conflictos, los populistas actuales los encienden porque viven de ellos: “¡Conflicto! De esto como, de esto traigo votos”.
El pensador desmontó la idea central de Marx de que “siempre ha habido lucha de clases”. Recordó que las clases sociales son un invento del siglo XVIII y que, cuando los obreros comenzaron a mejorar su calidad de vida, Lenin los criticó con desdén llamándolos “aristocracia obrera”, porque ya no servían como revolucionarios. Ahí radica la trampa original: no se busca que la gente viva mejor, sino destruir la estructura social desde sus cimientos.
De esta lógica han surgido infinidad de nuevos enfrentamientos: hombre contra mujer, jóvenes contra viejos, homosexuales contra heterosexuales y hasta la idea de que los padres son los principales explotadores de sus propios hijos.
El objetivo final, según Zunzunegui, es romper el último macrorrelato que une a las personas: la familia. Se busca crear individuos aislados, frágiles y llenos de rabia, convencidos de que toda la sociedad no es más que un conjunto de estructuras invisibles de opresión.
En el caso de México, Zunzunegui recordó el contraste brutal entre el sismo de 1985 —cuando los mexicanos se lanzaron a las calles a ayudarse mutuamente— y la realidad actual, donde muchos están dispuestos a “matar” al que piensa diferente. “¿Qué ocurrió entre 1985 y 2026?”, se preguntó.
La respuesta, según él, son décadas de micro relatos que convierten al otro en enemigo. Los políticos mexicanos llevan más de 100 años culpando al extranjero, al empresario y al “neoliberal”, cuando en realidad han sido ellos los principales saqueadores del país. Lázaro Cárdenas instauró el sistema de sobornar al pueblo con recursos públicos, y la 4T continúa esa misma lógica.
Zunzunegui concluyó que la única salida es recuperar el respeto racional y los macrorrelatos que nos unen. “Si nos sentamos a platicar 15 minutos, descubrimos que nos gustan los mismos perros, la misma música y que hemos vivido dolores parecidos. El odio no tiene espacio cuando dos seres humanos se ven a los ojos”, reflexionó.
Porque, como insistió hasta el final: tú no me has hecho nada y yo no te he hecho nada. El odio no es inevitable; es una elección política que podemos rechazar. La madurez consiste en aceptar que podemos pensar distinto y, aun así, respetarnos y convivir en paz.
